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prácticas en empresas:
guía para su utilización
Bolonia y la actualidad de las prácticas en empresas
La implantación del
controvertido «plan Bolonia» (o proceso de modificación del
sistema universitario español para su adaptación al Espacio
Europeo de Educación Superior –EEES–) va a suponer, sin
duda, un claro avance en la generalización de las prácticas
de los universitarios en empresas –o prácticas
preprofesionales en general–, fundamentalmente por dos
motivos:
El primero de ellos es que
ahora se invita a las universidades a implantar en sus
planes de estudios unas prácticas con reconocimiento
académico pleno, con duración suficiente y con una ubicación
temporal adecuada. En efecto, el Real Decreto 1393/2007
posibilita la implantación de prácticas de hasta 60 créditos
ECTS en los estudios de grado y deja igualmente abierta la
posibilidad de incluir prácticas externas en los estudios de
postgrado. Teniendo en cuenta que la carga académica de un
curso académico completo se ha establecido en 60 créditos,
se puede pues pensar en prácticas de hasta un año de
duración. La cuestión de la duración adecuada, ni excesiva
ni demasiado corta, es esencial para la calidad potencial de
unas prácticas preprofesionales. Hemos de ver la estancia de
prácticas como un proceso que requiere de tiempo suficiente
si se quieren conseguir objetivos formativos y de inserción
laboral de cierto calado.
El segundo motivo por el
cual se puede esperar que las prácticas mejoren de ahora en
adelante es el énfasis que se está poniendo en el diseño de
sistemas de garantía de calidad paralelos a los propios
planes de estudios. En este sentido, la situación que se
está pergeñando en relación con las prácticas representa un
claro avance respecto a la anterior. Así, en el protocolo de
evaluación para la verificación de los títulos
universitarios oficiales elaborado por la Agencia Nacional
de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) se afirma
que «en el caso de un grado o máster de carácter
profesional, será especialmente importante el planteamiento
de prácticas profesionales adecuadas, así como el
establecimiento de convenios de colaboración con empresas y
otras instituciones para la realización de dichas
prácticas.» Se exige igualmente que se expliciten las
competencias a adquirir, y su forma de evaluación, a través
de las prácticas (siempre que estén incluidas en el plan),
y, lo más importante, que se especifique el «Sistema de
Garantía de Calidad» que afectará a las prácticas externas.
En concreto, la universidad deberá «establecer cómo revisará
el desarrollo del plan de estudios (objetivos, competencias,
planificación,…) a partir de la aplicación de mecanismos y
procedimientos adecuados, que se apliquen periódicamente
para la recogida y análisis de información sobre la calidad
de las prácticas externas», entre otras actividades.
En este enmarañado proceso
«boloñés» a veces se difunden ideas negativas en relación
con una supuesta «mercantilización» de la universidad,
algunas relacionadas con la «explotación» de los estudiantes
a través de las prácticas. No obstante, tras las ya casi
tres décadas transcurridas desde la promulgación del decreto
del año 1981 que autorizaba este tipo de actividades, hemos
aprendido que las prácticas son un excelente mecanismo de
formación –como veremos a continuación–, con aportaciones
genuinas, y que mejoran notablemente la empleabilidad de los
estudiantes y su consiguiente inserción laboral. Pero para
que estos beneficios puedan obtenerse es necesario hacer
«una buena práctica de las prácticas». Cada universidad,
cada centro de enseñanza, ha de tomar las medidas necesarias
para llevar a cabo una adecuada gestión y control de esta
actividad. Otras múltiples instancias han de implicarse
igualmente en el correcto desarrollo de las prácticas, cada
una en el ámbito de sus competencias (ministerios
directamente afectados, Comunidades Autónomas, agentes
sociales, etc.). Pero, en definitiva, el éxito de las
prácticas, en términos de consecución de los objetivos para
los que están pensadas, seguirá siempre dependiendo
esencialmente de la actitud con que los estudiantes las
realicen. Este artículo pretende ser útil para favorecer un
adecuado posicionamiento personal antes de la experiencia de
las prácticas.
La importancia decisiva de las prácticas
en el último tramo de los estudios
Bajo diferentes
denominaciones –prácticas en empresas, programas de
cooperación educativa, prácticum, pasantías, formación en
centros de trabajo, etc.–, las prácticas en empresas han
cobrado un peso decisivo en los currículos de los
estudiantes, hasta el punto de haberse convertido ya en una
actividad imprescindible para la inserción en el mundo
laboral. Las prácticas se contemplan como un elemento
esencial y un complemento necesario en la formación inicial
que, con vistas al ejercicio profesional, debe proporcionar
la facultad, la escuela o el instituto.
Numerosos estudios
realizados en los últimos años ponen en evidencia que las
prácticas actúan como una pasarela que comunica al
estudiante con el primer empleo. La proliferación de
programas de prácticas ha dado lugar a la aparición de un
auténtico mercado de oportunidades –paralelo al del empleo–
para los estudiantes deseosos de un primer contacto con el
mundo del trabajo. Posibilidad de completar la formación y
posibilidad de acceder a un primer puesto de trabajo como
desembocadura natural de la estancia formativa, son los
atractivos específicos de las prácticas.
¿Qué se aprende a través de las
prácticas?
¿Cuáles son los beneficios,
en concreto, que puede reportar a los estudiantes la
realización de prácticas externas a la universidad o al
instituto?
Es un tópico –que, como
todos los tópicos, se sustenta en una parte de la realidad–
decir que el mundo académico tiene un sesgo excesivamente
teórico. Muchas veces se centra en la transmisión de un
volumen excesivo de conocimientos: parodiando al clásico, se
diría que el objetivo fuera conseguir cabezas «bien llenas»
y no bien hechas. Se trabaja poco sobre situaciones reales
que posibiliten la aplicación de esos conocimientos y el
desarrollo de las capacidades y actitudes adecuadas al medio
laboral; la adquisición de competencias profesionales, en
suma. Se prima el memorismo en la evaluación, se fomentan
escasamente la participación, la crítica, la reflexión, la
colaboración con otros, la expresión oral y escrita del
propio pensamiento, etc. En definitiva, un planteamiento
rígido y academicista que tiene poco que ver con los
requerimientos que plantea hoy el mundo del trabajo. De ahí
la necesidad de las prácticas, pues permiten a los
estudiantes realizar múltiples aprendizajes genuinos y
exclusivos de esta actividad:
-
Aplicar en un contexto real los conocimientos adquiridos
en las aulas y laboratorios universitarios.
-
Completar la formación con conocimientos prácticos
adicionales relacionados con las salidas profesionales
de los estudios.
-
Confrontarse con situaciones complejas e inciertas, tal
como se dan en el día a día de las organizaciones;
situaciones que permiten abordajes múltiples,
situaciones que requieren de aproximaciones
interdisciplinares, de imaginación, de creatividad y de
flexibilidad para concebir e implementar las soluciones.
-
Conocer de primera mano –no simplemente de forma
relatada– los condicionantes presentes actualmente en el
mundo del trabajo: competitividad y calidad,
globalización, preocupación por la eficiencia, etc., y
las competencias que los profesionales han de poner en
juego para triunfar en este medio: correcta
administración del tiempo y de otros recursos limitados,
capacidad de relación con compañeros, clientes y
proveedores, capacidad de comunicación y de trabajo en
equipo, capacidad para la toma de decisiones en
contextos de incertidumbre, necesidad de innovar y de
actualizar permanentemente los conocimientos, etc.
-
Aprender a «saber estar» y «saber ser», quizás el más
valioso de los aprendizajes que proporcionan las
prácticas, el más genuino. Las prácticas actúan como un
mecanismo de socialización laboral que posibilita la
integración del estudiante en un mundo nuevo para él, a
través de la observación, la reproducción y la
adaptación al estilo propio de las sutiles conductas y
actitudes que configuran la compleja noción de
competencia profesional.
La puerta hacia el primer empleo
A través de los programas
de prácticas los estudiantes acceden a mecanismos explícita
o implícitamente montados por las empresas para la captación
de personal. Frente a las dos clásicas alternativas
utilizadas para cubrir un puesto, la promoción interna y el
reclutamiento externo, ha cobrado cada vez mayor fuerza una
tercera vía mixta: la selección de personal a través de las
prácticas. Las ventajas de esta forma de selección son
claras:
-
No se basa en un pronóstico, más o menos fiable –y más o
menos arriesgado– sino en la prueba prolongada y en
contexto real del candidato, de forma que se pueden
constatar sus cualidades y si encaja o no en la
organización de que se trate.
-
Las personas reclutadas por esta vía son operativas en
un plazo menor de tiempo, dado que ya han recibido
formación específica en la propia empresa y conocen su
cultura.
-
Se trata de una prueba sin compromiso, dado que durante
las prácticas no existen vínculos laborales entre los
estudiantes y las empresas (así lo establece la ley: los
estudiantes se están formando, no están trabajando).
-
Se trata de un procedimiento muy eficiente, si se
realiza un balance de coste y resultados.
Las empresas deben invertir
notables recursos para poner a los recién titulados en
situación de operatividad, por ello no es extraño que, si
pueden elegir, se inclinen por los candidatos que ya posean
algo de experiencia. De ahí el interés de realizar prácticas
en el tramo final de los estudios. Por otro lado, en un
mercado dominado por la contratación temporal, la rápida
adaptación al puesto de trabajo –en términos de integración
y de resultados– se convierte, obviamente, en una cuestión
de supervivencia. Además, ¿quién duda de que es mejor pasar
por el «trauma» del choque con el mundo laboral bajo la
condición de estudiante en prácticas que como titulado a
prueba con un contrato temporal?
Está constatado desde hace
ya mucho tiempo que la realización de unas buenas prácticas
al final de los estudios permite romper el círculo vicioso
que atrapa al recién titulado que no consigue un primer
empleo por carecer de experiencia y no puede adquirirla
porque no consigue un primer empleo. Las virtualidades de
las prácticas como mecanismo facilitador de la inserción
laboral y como dispositivo de orientación profesional son,
en síntesis:
-
Permiten adquirir una experiencia profesional que
representa un valor añadido a ojos de los empleadores y
que, por tanto, sitúan al recién titulado en una
posición ventajosa frente a otros candidatos a un primer
empleo.
-
Gracias a la estancia en la empresa, el estudiante puede
hacerse una idea ajustada y realista sobre la situación
del mercado de trabajo: puestos y perfiles más
demandados, situación de las compañías más conocidas en
su sector, nuevos «yacimientos» y segmentos de empleo,
sectores más dinámicos o en recesión, etc.
-
Gracias a las relaciones personales que establece en la
empresa, el estudiante articula una red de contactos
personales que resultarán decisivos a la hora de
conseguir un primer empleo; estas personas, con las que
habrá convivido en el centro de trabajo, podrán
facilitarle oportunidades y proporcionarle valiosas
referencias de las que hacer uso en los procesos de
selección.
-
El estudiante puede confrontar sus expectativas –casi
siempre idealizadas– con la realidad de determinados
puestos o especialidades profesionales, lo que le
permite ratificarse en sus intereses iniciales o
reorientarse, si fuera el caso, hacia otros campos de
actividad.
-
El estudiante toma conciencia de qué tipo de
competencias y conocimientos son más valorados por las
empresas y puede reforzarlos si es necesario (idiomas,
informática, comunicación oral y escrita, etc).
-
La búsqueda de prácticas, por último, pero no menos
importante, representa el mejor ensayo posible para la
búsqueda de empleo (son los mismos procedimientos y
personas de contacto); un paso trascendental al que
habrá que enfrentarse al cabo de muy poco tiempo y al
que se suele llegar con escasa preparación.
La prospección: buscando prácticas
La estrategia y el
procedimiento de búsqueda de unas prácticas no difieren, en
esencia, de los propios de la búsqueda de un empleo:
reflexión y clarificación de intereses, autoanálisis de
puntos fuertes y puntos débiles, identificación de
potenciales destinatarios de la solicitud, preparación y
envío del currículum vitae y la carta de
presentación/motivación, seguimiento de las peticiones,
realización de entrevistas, tests y cuestionarios,
negociación de las condiciones, etc.
En esta misma Guía se
explica en detalle cómo abordar con solvencia ese proceso,
por lo que no reiteraremos los consejos. Lo que haremos es
traducir esas orientaciones a la situación específica de la
búsqueda de prácticas por un estudiante:
-
Lo normal, y lo lógico, es que el currículum vitae de un
estudiante no ocupe más de una cara; la cualidad de «ir
al grano» es muy apreciada en el contexto laboral, a
menudo tan sobrecargado.
-
Debe indicarse en la cabecera la titulación y
especialidad académica.
-
Debe incluirse una fotografía en color escaneada en el
CV, y cuidar mucho la presentación del mismo, puesto que
es nuestra tarjeta de visita; nada habla mejor de
nuestra afición y conocimientos informáticos que una
presentación atractiva y original, aunque sin caer en
estridencias.
-
No hay que olvidar informar al final, en un apartado que
se puede denominar «Otras actividades e intereses»,
sobre la forma en que se ocupa el tiempo libre. En los
procesos de selección cuentan cada vez más las
características personales de los candidatos. Para
muchos cuentan tanto como un buen expediente académico.
Lo que más se valora son las actividades que implican
capacidad para colaborar con otros, dotes de
organización, apertura de mente, iniciativa, capacidad
de asumir responsabilidades, espíritu positivo y
curiosidad intelectual (léase deportes de equipo,
afición por los viajes, participación en asociaciones,
capacidad de concebir proyectos y de ejecutarlos,
interés por el desarrollo personal, etcétera). En
cualquier caso, se debe ser sincero sobre estas
cuestiones.
-
Puede adjuntarse el expediente académico al CV siempre
que esa información favorezca al candidato (no es
necesario empezar declarando en contra de uno mismo… ).
En caso contrario, lo mejor es esperar a que sea
solicitado y tener preparados los argumentos oportunos
para explicar una trayectoria académica no impecable. En
todo caso, conviene adjuntar información sobre el plan
de estudios que se sigue (no hay que dar por supuesto
que se conoce), sus especialidades, salidas
profesionales típicas, actividades profesionales y
funciones para las que capacita, etc.
-
La carta de motivación debe traslucir eso, motivación, e
indicar que el estudiante espera dar algo a cambio de la
atención y la beca que persigue; es decir, que está
convencido de que su presencia puede ser también de
alguna utilidad para la empresa que le reciba.
Ya pensando en la búsqueda
propiamente dicha de la estancia de prácticas, los pasos
recomendables son los siguientes:
-
Empezar por estudiar con atención las ofertas que
contiene esta Guía; se trata de empresas seleccionadas y
especialmente predispuestas para esta forma de
colaboración con el mundo académico y también servirá
para obtener una visión general sobre el mercado de las
prácticas: duración deseable de las estancias,
titulaciones y especialidades más demandadas, perfiles
requeridos (por ejemplo, conocimientos de informática y
nivel de idiomas), becas y otro tipo de ayudas
previstas, etc.
-
Recurrir al centro de estudios: facultad, escuela,
instituto. En los centros se reciben ofertas de
prácticas (bien es verdad que en unos más que en otros,
en función de las titulaciones; aquí rigen las mismas
tendencias que en el mercado laboral); consultar
periódicamente los tablones de anuncios y la página web;
en muchas ocasiones existen en los centros servicios o
departamentos que se ocupan de la concertación de estas
actividades, lo cual puede representar una gran ayuda
para los alumnos; esta información suele estar en la
documentación que se recibe al matricularse y en el
sitio web, y hay que tener en cuenta que quizás no se
denomine específicamente servicio de prácticas, sino
servicio de empleo, de orientación laboral y profesional
o algo similar.
-
Los profesores, especialmente los de los últimos cursos
y los de las asignaturas más aplicadas, suelen ser una
vía muy eficaz para encontrar prácticas, la mayoría
disponen de buenos contactos en empresas de su
especialidad, y qué duda cabe que también allanará mucho
el camino que la candidatura del estudiante vaya
acompañada del aval de un profesor.
-
En los servicios centrales de las universidades se
encuentran los COIE y similares –Centros de Orientación
e Información sobre el Empleo–, una de cuyas funciones
es gestionar los programas de Cooperación Educativa (los
programas de prácticas, en la terminología oficial
universitaria). También ofrecen orientación profesional
–formación en técnicas de búsqueda de empleo, por
ejemplo– y disponen de información sobre las empresas
(listados, anuarios). Los COIE se pueden ocupar de
formalizar el correspondiente Convenio de Cooperación
Educativa cuando la beca de prácticas se concreta,
aunque en algunos casos estos trámites pueden hacerse
también sin salir del propio centro universitario.
-
Entidades como las fundaciones universidad-empresa
cuentan también con servicios destinados a gestionar
prácticas en empresas y convocatorias de programas
propios.
-
Hay que prestar atención a las convocatorias de
programas de prácticas internacionales como las que se
realizan al amparo del programa Erasmus, de la Unión
Europea, las becas Argo y Faro, promovidas por el
Ministerio de Educación, u otras que permiten la
realización de prácticas en otros países.
La búsqueda directa de las
prácticas es siempre aconsejable por lo que denota de
iniciativa en el estudiante (una cualidad muy apreciada en
los candidatos a un empleo). ¿Cómo proceder en este caso?
-
Empezar por hacerse con un buen listado de las empresas
relacionadas con la especialidad académica propia, por
ejemplo en la Cámara de Comercio e Industria más
cercana.
-
Consultar alguno de los múltiples anuarios de empresas
existentes, generales y sectoriales; son de especial
interés los que editan las asociaciones y colegios
profesionales (es normal que los antiguos alumnos de una
misma titulación o centro se muestren especialmente
proclives a favorecer a un futuro colega).
-
Enviar la solicitud de prácticas con suficiente
antelación (con dos o cuatro meses puede bastar, y hasta
seis u ocho en el caso de pretender unas prácticas en el
extranjero).
-
Preguntar a familiares y amigos sobre la posibilidad de
que puedan ayudarnos a conseguir unas prácticas. En
general, las empresas consideran parte de su política
social la concesión de becas de prácticas a hijos y
allegados de sus empleados y, nos guste o no, en España
el acceso al empleo se sigue haciendo en gran parte en
clave de contactos personales.
Qué dice la ley sobre las prácticas de
los estudiantes universitarios
En España, las prácticas de
los estudiantes universitarios en empresas están reguladas
por el Real Decreto 1497/1981, de 19 de junio, sobre
Programas de Cooperación Educativa y por el R.D. 1845/1994,
de 9 de septiembre, que adapta el anterior a los términos
propios de los planes de estudios diseñados tras la reforma
general universitaria implantada en los años noventa. Por
supuesto, al plantear una solicitud de prácticas, y al
negociarlas, hay que tener en cuenta estas disposiciones
legales, procurando al tiempo configurar la estancia de la
forma más provechosa para el estudiante y, por una cuestión
estratégica, más interesante para la empresa. Los aspectos
más importantes a tener en cuenta, son los siguientes:
-
Pueden realizar prácticas los estudiantes universitarios
que hayan aprobado el cincuenta por ciento de los
créditos de la titulación.
-
Las prácticas pueden durar como máximo el equivalente al
cincuenta por ciento del tiempo íntegro que constituye
el curso académico; es decir, seis meses (aunque algunas
universidades hacen otras interpretaciones más
restrictivas de este precepto legal, abundando la idea,
por ejemplo, de que las prácticas pueden tener una
duración máxima de quinientas horas). En cualquier caso
hay que tener en cuenta que las empresas están
interesadas en periodos mínimos de alrededor de tres
meses de duración, con tendencia a prolongarse hasta los
seis o incluso durante todo el curso a tiempo parcial.
Ojo con solicitar estancias excesivamente cortas, las
prácticas no son «turismo empresarial»; las estancias de
uno o dos meses son vistas por las empresas como una
especie de visitas engorrosas y, en consecuencia, se
corre el riesgo de sentirse «aparcado», pues lógicamente
nadie desea invertir tiempo en enseñar a una persona que
va a estar tan poco tiempo en la empresa.
-
Los estudiantes universitarios menores de veintiocho
años en el momento de matricularse disponen del Seguro
Escolar (la Seguridad Social de los estudiantes). Este
seguro cubre los riesgos de accidente o enfermedad
durante las prácticas, aunque las prestaciones no están
demasiado claras, pues se regula por un reglamento muy
obsoleto. Por este motivo, muchas universidades, y
algunas empresas (sobre todo las grandes) disponen de
seguros colectivos para los estudiantes en prácticas.
-
Es relativamente frecuente (depende mucho de los
sectores de actividad) que las empresas concedan a los
estudiantes ayudas económicas, de diversa cuantía, para
realizar las prácticas. Ello está previsto en los
decretos anteriormente citados bajo la denominación de
«bolsas o ayudas al estudio» (lo que todos entendemos
como una beca). Pero no hay que equivocarse, se trata de
una «ayuda» y no de una remuneración o contraprestación
(sería un importante error conceptual que nos
trasladaría al ámbito de lo laboral, terreno reservado
hasta la completa finalización de los estudios). La
filosofía de estas «ayudas», «bolsas» o becas debe estar
clara: se trata de que, en la medida de lo posible, al
estudiante no le cueste dinero hacer las prácticas. Como
en cualquier actividad humana, las tergiversaciones son
posibles y hay que estar vigilantes: se dan casos en los
que se incurre en desviaciones indeseables de las
finalidades de las prácticas, degenerando en situaciones
que podríamos calificar de subempleo; cuando esto ocurre
hay que ponerlo en conocimiento del centro académico
para que puedan tomarse las oportunas medidas
correctoras.
-
Según la ley española, la realización de prácticas –y
esto es muy importante– no entraña el establecimiento de
relación laboral alguna entre el estudiante y la entidad
que le acoge. Las condiciones estipuladas para la
estancia se plasman en un convenio, que es el
equivalente, en el plano no laboral, del contrato (ojo:
las prácticas que realizan los estudiantes son algo
completamente distinto, por su naturaleza legal, de los
contratos de prácticas para titulados). Los servicios de
prácticas-empleo de las universidades y entidades como
las fundaciones universidad-empresa asesoran sobre estas
cuestiones.
Enfocando adecuadamente las prácticas
Los principales aspectos a
tener en cuenta, pensando en el adecuado enfoque de las
prácticas, son los siguientes:
-
¿Empresa grande o pequeña? La eterna duda: cabeza de
ratón o cola de león. Las prácticas en las pymes se
prestan a la polivalencia, a hacer un poco de todo en
función de las necesidades que vayan surgiendo. En las
grandes es más fácil tener una experiencia de
especialización, al haber más posibilidades de ser
encuadrado en un departamento con las funciones bien
delimitadas. En general, los estudiantes suelen preferir
las empresas grandes, probablemente porque «visten» más
el currículum, pero hay que ser conscientes de que donde
suelen existir más oportunidades de empleo posterior es
en las «pymes» (además, las grandes empresas, las que
conoce todo el mundo, suelen tener demasiados
pretendientes).
-
¿Durante el verano o durante el curso? Cada época
presenta ventajas e inconvenientes. En contra del
verano: que en algunos sectores la actividad está
ralentizada –aunque en otros ocurra exactamente lo
contrario–; que quienes han de desempeñar el papel de
tutores pueden estar de vacaciones durante parte de la
estancia; y que las estancias son demasiado cortas, pues
sólo pueden durar un par de meses. A favor: que para
muchos estudiantes es el único momento del año en el que
pueden realizar prácticas a tiempo completo o fuera de
su localidad de residencia, y que la ausencia de parte
del personal en los centros de trabajo puede dar pie
precisamente a la realización de tareas mucho más reales
e interesantes.
-
¿Jornada completa o jornada partida? En principio es
preferible la jornada completa porque facilita la
integración del estudiante en la normal dinámica de
trabajo del centro.
-
¿Prácticas desplazado o en el lugar habitual de
residencia? Conocer otros ambientes, otros lugares y
contextos es siempre más enriquecedor que realizar las
prácticas en la localidad en la que uno reside
habitualmente. Mucho mejor todavía si las prácticas son
en el extranjero, algo que va siendo cada vez más
habitual. No hay que olvidar que la buena disposición
para la movilidad geográfica es uno de los factores más
tenidos en cuenta hoy en día en los procesos de
selección, y no hay mejor argumento para convencer de
nuestra buena disposición para «hacer las maletas» que
haberlas hecho ya, por voluntad propia, en la etapa de
estudiante. En países como Francia, Alemania o el Reino
Unido las prácticas están arraigadas desde hace décadas
y gozan de amplio prestigio social, por lo que no es
extraño recibir una respuesta positiva a una petición de
prácticas cursada desde el extranjero, siempre que el
candidato tenga un nivel adecuado de idiomas. También en
esta Guía encontrarás información y pistas para dar este
salto.
-
Uno de los puntos más delicados se refiere a las tareas
y funciones que el estudiante puede desempeñar durante
las prácticas. Por ello, y pensando en la calidad y
aprovechamiento de la experiencia, es importante tener
las ideas claras: a) el fin fundamental de las prácticas
es completar la formación del estudiante; b) para que
esta mejora sea significativa, es necesario que se
implique activamente durante la estancia –hacer
prácticas «pasivas» es un contrasentido en sí mismo– y
que lo haga en tareas adecuadas a su nivel de formación,
no en cualquier cosa. Pero no cabe ser ingenuos: si los
estudiantes van a las empresas a hacer prácticas es
porque no poseen todavía suficiente experiencia, por lo
que no deben esperar que de entrada se les confíen
grandes responsabilidades (aunque de eso a pasarse un
par de meses haciendo fotocopias hay un largo trecho…).
Los estudiantes no deberían rechazar de entrada tareas
de bajo nivel o cualificación; también los titulados sin
experiencia comienzan en esos escalones y no hay nada
deshonroso en ello. Es sencillamente una cuestión de
cantidad: el tiempo que se dedique a tareas puramente
rutinarias y de escaso valor formativo debe estar
limitado y tender a reducirse conforme avanza la
estancia. Al tiempo, el estudiante debe aprovechar
cualquier oportunidad para ganar la confianza de las
personas que le tutelan y conseguir que le vayan
asignando progresivamente trabajos de mayor dificultad y
responsabilidad, eso sí, siempre bajo la supervisión del
tutor y del resto de los profesionales.
-
En el caso de estudiantes a punto de acabar la carrera,
una buena estrategia consiste en negociar una «misión»
para las prácticas; algo que se puede plantear de
entrada, o bien transcurrido un cierto tiempo desde el
comienzo de la estancia. Podríamos definir la «misión»
como un trabajo que pretende dar respuesta a una
necesidad insatisfecha de la empresa, que representa o
posibilita la solución de un problema y que actúa como
el hilo conductor de la estancia, marcando claramente su
objetivo u objetivos finales. Hay que tener en cuenta
que la empresa es la primera interesada en beneficiarse
del potencial de un titulado en ciernes y que la
formación de éste no está reñida en absoluto con el
hecho de que el estudiante haga algo de utilidad para la
entidad que le acoge. En cualquier departamento hay
trabajos que se postergan por falta de tiempo, de
recursos humanos, o sencillamente por una cuestión de
prioridades. Que no sean urgentes no quiere decir que no
sean importantes, y he ahí el terreno abonado para
definir una o varias misiones para un estudiante en
prácticas. En cualquier caso, conviene tener en cuenta
que la motivación, la iniciativa y el interés por
integrarse en el centro de trabajo son los factores
clave para que la primera experiencia en el medio
laboral resulte enriquecedora.
-
Si las prácticas forman parte del plan de estudios que
se sigue en el centro de enseñanza –es decir, si están
integradas en el mismo–, seguramente existirá un
profesor encargado de hacer su seguimiento desde la
facultad/escuela/instituto, que se encargará de
concertar a grandes líneas el programa de trabajo con la
empresa, de realizar la supervisión general de la
estancia y de evaluar finalmente la actividad, de
acuerdo con el tutor en el centro de trabajo. Este
profesor puede proporcionar al estudiante valiosos
consejos previos a la estancia y durante la misma, por
lo que conviene estar en contacto permanente con él.
El momento inicial de las prácticas
Los primeros días de las
prácticas son cruciales, ya que en ellos se sientan las
bases de lo que será el resto de la estancia. Es frecuente
encontrarse con una acogida más o menos estructurada, sobre
todo en el caso de grandes empresas que van a recibir un
contingente numeroso de estudiantes al tiempo (algo típico
del verano). El procedimiento puede ser más o menos así:
palabras de bienvenida de algún directivo, presentación
formal de la empresa –vídeo, folletos, transparencias–,
explicación de las normas de funcionamiento y de seguridad
del centro, recorrido por las instalaciones y presentación a
los tutores. No obstante, en la mayoría de los casos, la
acogida será más informal e improvisada.
En esta fase de primera
aproximación a lo que será la estancia, hay que tener en
cuenta lo siguiente:
-
Antes de comenzar la estancia, conviene buscar toda la
información posible sobre la empresa y el sector en el
que opera. Ello denota interés y da la posibilidad de
entablar una conversación con las personas que se van
conociendo en el centro de trabajo. Para obtener esta
información se pueden consultar anuarios, memorias,
revistas, páginas web, hablar con alguna persona que
trabaje en la empresa o con algún otro estudiante que
haya hecho prácticas allí anteriormente.
-
Hay que identificar a la persona que actúa como gestor o
coordinador de prácticas en la empresa, pues será quien
podrá presentar al estudiante a las personas-clave y se
ocupará de todos los trámites burocráticos, como la
firma del convenio, los papeles del seguro, el cobro de
la beca, el alojamiento –en su caso–, etc. En las
empresas de gran tamaño el coordinador o gestor de
prácticas suele ser un responsable o técnico del
departamento de recursos humanos.
-
«Donde fueres, haz lo que vieres»; conviene fijarse en
cómo viste la gente y «tratar de confundirse con el
medio» (sin perder la personalidad propia,
naturalmente). No se trata de disfrazarse, sino de
adoptar los modos imperantes, que pueden ser muy
distintos si las prácticas tienen lugar en una empresa
consultora, en una plataforma petrolífera o en un
periódico, por ejemplo. Lo dicho respecto de la
apariencia vale también para otras conductas como las
relativas a las costumbres horarias, las paradas para
descansar, celebraciones, ritos, etc.
Una vez aterrizados en el
centro de trabajo, la primera tarea importante es concretar
el plan de trabajo de las prácticas. Si es preciso, habrá
que tomar la iniciativa sobre esta cuestión, aunque de forma
prudente, para que la estancia se encauce correctamente. No
es esperable una gran ayuda externa en este punto, puesto
que el profesor asignado para realizar el seguimiento de las
prácticas probablemente no conozca en detalle el puesto al
que se haya podido destinar al estudiante y normalmente se
resistirá, sabiamente, a decir lo que hay que hacer «en
corral ajeno». El tutor en la empresa, por otro lado,
tendrá, lógicamente, otras prioridades e incluso es posible
que carezca de los conocimientos necesarios para hacer una
programación didáctica más o menos «ortodoxa». Así que será
el propio estudiante quien deberá asumir un cierto
protagonismo, como principal interesado, e ir dando
sucesivamente los siguientes pasos:
-
Hacer un somero diagnóstico inicial de la situación:
¿cuál es la situación de partida?, ¿qué conocimientos
poseo y cuáles son mis intereses profesionales?, ¿qué
pretendo conseguir a través de las prácticas?, ¿qué
puedo aprender?, ¿qué otros objetivos podría lograr
gracias a la estancia? ¿Cómo es el departamento al que
estoy adscrito? (sin perder de vista el contexto global
en el que se encuentra inserto, es decir, el centro de
trabajo, la empresa y el entorno) ¿qué problemas y
situaciones maneja?, ¿qué técnicas y procedimientos pone
en práctica?, ¿qué competencias se requieren para el
personal del departamento en sus distintos niveles?
-
Fijar los objetivos de la estancia. Nos referimos ahora
a los objetivos concretos y operativos, dado que los
generales para esta actividad estarán ya fijados en el
plan de estudios de la titulación. Han de redactarse
utilizando verbos de acción y tratando de describir lo
que el estudiante será capaz de hacer al finalizar las
prácticas. Han de ser realistas y alcanzables. Cada
objetivo general puede desglosarse en algunos
específicos, a modo de pasos intermedios.
-
Hacer una previsión de actividades con asignación de
tiempos. Se trata en este paso de especificar las
actividades que el estudiante llevará a cabo para
alcanzar los objetivos pretendidos, especificando el
momento en que se realizarán y su duración: para
alcanzar tal objetivo, se hará tal y tal cosa, en tal
momento y durante equis tiempo. Puede ser útil plasmar
gráficamente el resultado de esta fase en un cronograma.
-
Prever momentos para evaluar regularmente la marcha de
la estancia. Evaluar es comparar lo conseguido con los
objetivos fijados. La evaluación debe realizarse con la
ayuda del tutor, del profesor encargado del seguimiento
de las prácticas, y también por uno mismo
(autoevaluación). Por supuesto, la evaluación ha de
realizarse al finalizar las prácticas, pero también
durante su desarrollo, para comprobar si se producen
desviaciones y, en su caso, tomar las medidas
correctoras adecuadas. Es fácil ser «engullido» por la
trepidante actividad laboral (ya se sabe, lo de los
árboles y el bosque), por lo que se hace necesario
buscar momentos para la reflexión y el análisis. Una
buena costumbre es tomar notas sueltas sobre la marcha
y, aprovechando algún momento de tranquilidad, durante
la jornada o a su conclusión, someterse a la disciplina
de escribir un diario de prácticas, lo que nos obliga a
pensar sobre lo vivido y a llegar a conclusiones
formativas.
La experiencia nos
demuestra que la calidad de las prácticas depende en gran
medida de la actitud del estudiante. Debe mostrarse interés
y curiosidad, preguntar y preguntarse el porqué de las cosas
(aunque el estudiante no debe actuar como un encuestador y
menos como un espía). Cuando ya se haya adquirido una mínima
confianza, puede ser conveniente atreverse a formular alguna
sugerencia de forma prudente y cortés. Una de las ventajas
del estudiante en prácticas sobre los trabajadores
habituales es su mirada nueva y desprejuiciada sobre los
hechos y las cosas que le rodean, lo que puede dar lugar a
ideas sencillas y geniales, otra es que todo el mundo le
perdonará que se muestre ingenuo o que «meta la pata».
Uno de los puntos fuertes
de gran parte de los estudiantes, si los comparamos con los
profesionales experimentados, es su nivel de conocimientos
en idiomas e informática, que supera en muchas ocasiones al
que poseen los propios tutores. Es, por tanto, un terreno en
el que podrán compensarles por el tiempo que les dedican,
siguiendo una dinámica de intercambio basada en una máxima
que conviene tener presente a lo largo de toda la estancia:
«yo gano-tú ganas».
Hacer caso de las
indicaciones que se le formulen invitará a los demás a
prestar atención al estudiante en prácticas y a interesarse
por la buena marcha de su estancia. Es mucho más difícil, y
por lo general se agradece más, encontrar una persona con
capacidad de escucha, que encontrar a quienes, como suele
decirse, «ponen la lengua en movimiento antes de poner el
cerebro en funcionamiento».
El tutor como figura clave de las
prácticas
Si hay una persona clave
para el éxito de las prácticas, esa persona es, sin lugar a
dudas, el tutor o tutora. Qué es, ¿un profesor particular,
un jefe, un colega, un modelo? ¿O quizás un poco de cada una
de esas cosas? Dependerá también de su forma de ser, de su
posición en la organización y de la relación que el
estudiante sea capaz de establecer con él. En todo caso, lo
normal es que se trate de una persona formada, experta y
acostumbrada a tutelar a estudiantes en prácticas.
El tutor es quien asume las
funciones de transmisor de conocimientos y guía en el
aprendizaje que en el centro de enseñanza desempeñan los
profesores. Toma a su cargo al estudiante, le acoge, le
ayuda a integrarse en la organización y le tutela a lo largo
de su recorrido de formación.
Las peculiaridades de esta
figura residen en que se trata de un «docente» atípico y
circunstancial, con dedicación a tiempo parcial a esta
tarea, normalmente sin formación específica para desempeñar
el rol de formador y que adopta esta función de forma
superpuesta y subsidiaria a su trabajo cotidiano.
Por suerte, y para
facilitar las cosas, en muchas ocasiones el tutor es un
titulado de la misma especialidad que el estudiante, lo que
proporciona a ambos un lenguaje común. Pero si no fuera así
no debe verse como un problema, la realidad es
interdisciplinar, sin compartimentos estancos, y cuanto
antes nos acostumbremos a trabajar con profesionales de
otras especialidades, mejor.
El estilo del tutor se
refleja en la forma en que organiza el trabajo del
estudiante y en las tareas que delega o comparte con él. En
este sentido, se podrían identificar una infinidad de tipos
de tutores en las empresas, casi tantos como el número de
personas que asuman este papel.
Naturalmente, las actitudes
del tutor tienen reflejo en la manera de sentirse el
estudiante durante las prácticas. A veces –afortunadamente
pocas– los estudiantes se quejan de la relación con el
tutor, y suelen atribuir estas quejas a dos causas:
-
La ausencia de objetivos para las prácticas y de tareas
concretas para realizar (lo que provoca desorientación y
sentimiento de inutilidad), o, en el extremo contrario,
mucho menos frecuente, que al estudiante se le asignen
tareas propias de un profesional, lo que puede producir
un sentimiento de agobio por el exceso de
responsabilidad, y en última instancia, de bloqueo
(temor a errores importantes y desconfianza hacia la
propia competencia).
-
La escasa disponibilidad o poca atención recibida por
parte del tutor (lo que provoca temor a intervenir para
no entorpecer asuntos importantes, sensación de ser una
carga, en definitiva, de estorbar).
No obstante, es de justicia
reconocer que los tutores resultan, en general, muy bien
valorados en las encuestas que habitualmente se realizan a
los estudiantes que hacen prácticas.
En resumen: establecer una
buena relación con el tutor es básico para el
aprovechamiento de la estancia. Hay que observar cómo actúa,
escucharle, preguntarle y procurar «pegarse» a él siempre
que sea posible, aunque tratando de ser una ayuda.
Analizar el entorno laboral y las
condiciones de trabajo
A lo largo de la estancia
el estudiante tiene ocasión de ir conociendo paulatinamente
la empresa donde está: su forma jurídica, los productos que
fabrica o los servicios que proporciona, sus mercados,
clientes y proveedores, sus parámetros más característicos
(volumen de negocio, número de empleados, situación
financiera, etc.), y su estructura y organigrama. Realizar
unas prácticas es también una ocasión privilegiada para
descubrir la cultura de la empresa. Los siguientes aspectos
pueden servir como guión básico para llevar a cabo una
observación crítica de los puestos
de trabajo:
-
El tiempo de trabajo (jornada, horario, descansos,
vacaciones).
-
El entorno físico del puesto.
-
La actividad física y mental.
-
La seguridad y la prevención de riesgos laborales.
-
La organización del trabajo y el reparto de tareas.
-
El estilo de relaciones, de dirección y de comunicación
-
La política de calidad.
-
La cualificación y la formación permanente.
-
Las remuneraciones y otras ventajas.
-
El entorno social y cultural del trabajo.
-
Las instancias de representación y de expresión
colectiva de los trabajadores.
También se puede analizar
el puesto de trabajo del tutor (no su desempeño, que es algo
que no corresponde al estudiante), observándolo como un
puesto similar al que podrá ocupar el estudiante en el medio
plazo:
-
Qué funciones y tareas desempeña.
-
Qué medios técnicos y recursos utiliza para la ejecución
de
las tareas.
-
Qué competencias requiere el puesto (conocimientos,
habilidades, capacidades, actitudes).
-
A quiénes y cómo rinde cuentas, quiénes son sus
colaboradores.
-
Cuáles son las relaciones formales e informales que
establece con otros puestos y departamentos
-
Cuáles son las reglas, consignas y procedimientos
operativos definidos por la organización del trabajo que
afectan al puesto.
El informe o memoria final
El objetivo principal de
las prácticas no es adquirir más conocimientos de tipo
académico, pues para eso ya está el centro de enseñanza,
sino tomar un primer contacto directo con el medio
profesional y los aprendizajes que de esta experiencia de
inmersión se derivan. El cuaderno o diario de prácticas, al
que nos referíamos en un apartado anterior, así como el
informe o memoria final, son las herramientas básicas para
hacer la «explotación» pedagógica de la estancia. Cuando las
prácticas tienen reconocimiento académico, es frecuente que
este tipo de documentos sean exigidos por la
facultad/escuela/instituto para evaluarlas, y que, en
consecuencia, se proporcione a los estudiantes orientaciones
concretas sobre cómo elaborarlos. En cualquier caso, aunque
el centro de enseñanza no obligue a realizar un informe
final sobre las prácticas, es de todo punto recomendable –y
rentable, desde el punto de vista del aprendizaje–, realizar
el esfuerzo de trasladar las impresiones, las observaciones
y los pensamientos desde la cabeza al papel.
Los informes de prácticas
pueden responder básicamente a dos planteamientos:
-
Los informes tipo «rendición de cuentas». Es el tipo más
frecuente: el estudiante relata lo que ha hecho y
describe todo lo que ha podido «descubrir», de interés
para su formación, en la empresa. Son informes
descriptivos.
-
Los informes cuya elaboración y contenido son el
objetivo fundamental de la estancia. Son el producto
final de las prácticas que tienen asignada una «misión»,
a las que nos referíamos anteriormente. Este tipo de
informes pueden llegar a ser auténticos trabajos de
asesoría o consultoría en los que se detectan y
diagnostican problemas, se analizan datos y se proponen
soluciones. Evidentemente, este tipo de informes, que
solamente pueden ser acometidos por estudiantes de
cierto nivel y próximos a titularse, son de gran interés
para las entidades en las que se llevan a cabo las
estancias. Un ejemplo de ellos son los proyectos o
trabajos de fin de carrera que realizan, como colofón de
los estudios, los alumnos de ingeniería.
En cualquier caso, el
informe no debe tener un carácter exclusivamente técnico,
sino que debe incluir también una parte que podríamos
denominar «socioempresarial», centrada en el análisis del
entorno y las condiciones de trabajo a que nos referíamos en
el apartado anterior. A menudo los informes se asemejan a
compilaciones de documentación técnica obtenida en la
empresa, dejando de lado la aportación de testimonios y
reflexiones sobre la realidad humana vivida en el centro de
trabajo, siendo éste precisamente el material preferente
para la explotación pedagógica de las prácticas. El informe,
por tanto, debe también hacer referencia, y analizar, las
situaciones encontradas, los conocimientos y habilidades
puestos en práctica, los aprendizajes hechos, etc.
Desde un punto de vista
formal, el informe de prácticas debe responder a un
planteamiento similar al de los informes de carácter
profesional, en lo que se refiere a estructura, estilo y
presentación.
Veamos de forma muy
sintética algunas pautas para confeccionarlo:
-
El informe debe ser lo más claro, concreto, corto y
riguroso posible.
-
El informe se concibe como una forma organizada de
comunicar información útil para resolver un problema o
para tomar una decisión (por ejemplo, la que se refiere
a la calificación de las prácticas...).
-
Las etapas para la resolución de un problema se pueden
aplicar a la elaboración del informe: detectarlo y
definirlo, escoger un método para su estudio, reunir
información y analizarla, y llegar a una conclusión. La
estructura del informe podría, pues, ser la siguiente:
introducción, determinación del problema, descripción
del método de estudio utilizado y fuentes consultadas,
datos obtenidos e información recopilada, conclusiones y
recomendaciones. Dicho de otra forma, se trataría que
responder a las siguientes cuatro preguntas: ¿cuál era
el «problema»?, ¿qué es lo que hemos hecho en relación
con el mismo?, ¿qué es lo que ello nos muestra?,
¿entonces?
-
El cuerpo principal del informe debe incluir los
siguientes elementos: portada, índice, resumen y
abstract (resumen en inglés), introducción, capítulos,
conclusiones, recomendaciones y referencias
bibliográficas. En los anexos se incluye aquello que es
demasiado largo o demasiado técnico. Los títulos, tanto
del propio informe como de los capítulos y secciones,
deben ser lo más cortos e informativos posible.
-
La composición del informe –márgenes, división del
texto, títulos, tablas, gráficos, diagramas, apéndices,
interlineado– debe hacerse siguiendo tres criterios:
favorecer la claridad, aportar buena presencia y
facilitar el trabajo de confeccionarlo (comodidad del
redactor).
-
Es imprescindible, si se quiere conseguir un resultado
de cierta calidad, redactar un borrador del informe; es
muy poco productivo tratar de escribir y corregir al
mismo tiempo. La revisión del borrador se concretará en
abreviar.
-
En cuanto al estilo, es preferible la frase corta a la
frase larga, aunque es conveniente alternar unas y
otras. Es preferible también la palabra usual –que no
vulgar–, a la rebuscada, y la voz activa a la pasiva.
-
Hay que tener muy en cuenta que algunas de las
informaciones a las que se pueda tener acceso durante
las prácticas pueden ser confidenciales; en caso de duda
conviene consultar al tutor y pedir autorización para
incluir estas informaciones en el informe. Conviene,
como precaución adicional, pedir el visto bueno del
tutor, incluso por escrito, antes de presentar el
informe en el centro de enseñanza.
-
El informe no es algo secundario. El informe refleja la
calidad del trabajo realizado. Unas buenas prácticas
pueden echarse a perder, desde el punto de vista de la
calificación académica, por un mal informe.
-
Es (buena) costumbre hacer explícitos los
agradecimientos al comienzo o al final del informe,
citando a las personas que más han ayudado al estudiante
durante la estancia.
Conclusión de la estancia
Unos últimos consejos al
llegar el momento de la despedida:
-
Al finalizar el periodo de prácticas la empresa debe
expedir un certificado en el que quede constancia de las
fechas en las que ha tenido lugar la estancia, la
temática sobre la que ha tratado o contenido de la misma
y las funciones y tareas concretas que ha desempeñado el
estudiante. Es importante conservar este documento para
el currículum vitae, pues acredita la principal
experiencia profesional a la salida del centro de
enseñanza. Es conveniente que no solamente tenga un
carácter descriptivo, sino también valorativo (siempre
que la valoración sea buena, claro…).
-
Algunos centros de enseñanza solicitan a las empresas
una valoración de las prácticas según unos criterios
preestablecidos que se plasman en cuestionarios
construidos ad hoc. Una vez calificada la actividad,
suele ser posible recuperar el original de ese documento
para añadirlo también al CV.
-
Si el informe de prácticas va a ser objeto de una
presentación oral, o defensa, en el centro de enseñanza,
no hay que olvidar invitar a asistir a la misma a las
personas con las que el estudiante haya tenido más
relación durante la estancia (empezando por el tutor,
naturalmente).
-
Antes de despedirse en la empresa, conviene preguntar a
las personas que hayan supervisado la estancia, y muy
especialmente al tutor, si tendrían inconveniente,
llegado el caso, en proporcionar referencias en un
proceso de selección. Lógicamente, conviene conservar
todos los datos del tutor pensando en tal eventualidad
(teléfono, e-mail, dirección postal). El tutor en la
empresa es también la persona idónea para redactar una
carta de recomendación, si es requerida para un trabajo
o para una beca de postgrado, por ejemplo.
-
Es un buen detalle enviar una carta de agradecimiento a
las personas que más ayudaron al estudiante durante las
prácticas, junto con una copia del informe sobre las
prácticas presentado en el centro de enseñanza.
Javier García
Delgado
Doctor en Pedagogía
Profesor Titular de la Universidad Politécnica de Madrid
Coordinador de Prácticas en Empresas |
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